Mujeres que tuvieron que firmar sus novelas como hombres.

¿Realmente era necesario?

Mujeres que tuvieron que firmar sus novelas como hombres.

En 2016 se estrenó un documental que por desgracia ha pasado un tanto desapercibido a pesar de ser un tema fabuloso, tanto para el mundo editorial y como fenómeno social, la historia de JT Leroy. En 1999 comenzó un mito literario con la aparición de una novela llamada Sarah, la cual apareció firmada de la nada por un tal Jeremiah Terminator Leroy.

A esta novela le siguió The Heart Is Deceitful Above All Things y posteriormente en 2005 Harold’s End. Toda la colección de trabajos de este mítico autor retrata de forma furiosa y supuestamente autobiográfica la vida de un chico que desde la infancia se prostituye en paradas de camión, tiene adicción a las drogas y es VIH positivo.

La prosa y la historia hicieron famosas las novelas, pero el misterio detrás del autor era lo que más llamaba la atención no sólo de los lectores comunes, sino también de celebridades como Michael Pitt, Wynona Ryder, Gus Van Sant, Courtney Love y Asia Argento, quienes en la búsqueda de este extraño personaje llegaron a volverse sus amigos e incluso a tener relaciones románticas con él. El problema llegó cuando se supo que en verdad había una mujer detrás de J.T: Laura Albert. No queremos arruinarles toda la historia, por lo que una de las recomendaciones es que chequen el documental que mencionamos, Author: The JT Leroy Story, el otro tema es que a pesar de que puede sonar muy extraño, esto es algo que ha sucedido en otras tantas ocasiones en la historia.

Aunque muchos lo han considerado primero como un mito, hay muchos ejemplos que se han corroborado, otros, como la posibilidad de que algunos textos de Shakespeare fueran obra de varios autores, entre ellos mujeres, son cosas que no sabemos si se comprobarán algún día, pero que enriquecen nuestro tema.

Hay que estar conscientes además de que el núcleo de dicho fenómeno tiene una raíz en la aceptación social y la posibilidades del desarrollo o éxito de un producto. He ahí el ejemplo de J.K Rowling, quien tuvo que agregar la K y acortar su nombre (Joanne) para que no se supiera que era mujer durante la primera edición de Harry Potter, con el pretexto de que no sabían si los niños se interesarían por algo escrito por una mujer.

J.K. Rowling

Algo parecido sucedió con Louisa May Alcott, autora de Mujercitas, quien para sus textos de ficción y suspenso utilizaba el nombre de A.M. Barnard, llegando a tener un éxito considerable. Otros buenos ejemplos son Charlotte Bronte, autora de Jayne Eyre; George Sand que era en realidad Amantine Lucile Aurore Dupin, George Eliot que era Mary Ann Evans, Vernon Lee quien se llamaba Violet Paget, Karen Blixen que firmaba como Isak Dinesen, y la lista continúa.

Aunque la mayoría seguían teniendo dentro de sus escritos una fuerte tendencia feminista o que otorgaba un papel redentor a la mujer, algunas otras simplemente lo utilizaron como una táctica o para deslindarse del prejuicio, lo interesante sería preguntarnos como sociedad 

¿Por qué tendría que existir una diferenciación entre las autoras y los autores? ¿No es mucho más fácil dividir la literatura entre buena y mala?
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